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El charrismo sindical a propósito de la dignidad magisterial
Rigoberto Martínez Escárcega
En el patio, un ruido de botas con espuelas. Desde lo alto de las botas, tronó la voz de Alcibíades Britez, jefe de policía de Paraguay, un servidor de la patria que cobraba los sueldos y recibía las raciones de los policías difuntos.
Desnudo, tirado boca abajo sobre el charco de su sangre, el prisionero reconoció la voz. Ésta no era su primera estadía en el infierno. Lo interrogaban, o sea, lo metían en la máquina de picar carne humana, cada vez que los estudiantes o los campesinos sin tierra hacían alboroto y cada vez que aparecía la ciudad de Asunción llena de panfletos para nada cariñosos con la dictadura militar.
La bota lo pateo, lo hizo rodar. Y la voz del jefe sentenció:
—El profesor Bernal… Vergüenza debería darte. Mira el ejemplo que le das a los muchachos. Los profesores no están para armar líos. Los profesores están para formar ciudadanos.
—Eso hago— balbuceó Bernal.
Y fue lo último que dijo.
Eduardo Galeano
Por fin se levanta, la cabeza en alto desfila por las calles, la arrogancia de sus pasos le da un toque de esplendor, respira la vivificante luz del amanecer después de tristes noches de tinieblas, su altivez anuncia la alborada de un futuro de esperanza, su convicción y su arrojo da certeza al nacimiento de un mundo más alentador. Por nombre lleva: “dignidad magisterial”.
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