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Gonzo Ayahuasca
En México, el revisionismo está a toda máquina. Un ejemplo: se olvidaron los acuerdos entre el Reich alemán y el gobierno de Calles y sus títeres, durante los treinta, relativos al suministro de petróleo. Ningún país del Eje poseía reservas de oro negro, y Hitler veía a México como un aliado, en América. Millones de deutschmarks regalados, para las grandes fortunas nacidas del periodo posrevolucionario en el norte y centro del país. Influencia nazi creciente, en medida que se aproximaba la fecha de la invasión a Polonia (hasta en los insultos: en Bajo el volcán de John Huston, se ve a un sinarquista diciendo al cónsul “¿qué? Eres un pinche judío, bolchevique-homosexual) Aquí, los cristeros veían a Calles como un comunista, ateo y peligroso para los privilegios del clero, cuando este presidente nunca fue socialista, solamente era un oportunista, y una década después, el sinarquismo sentó las bases para un fascismo mexicano, nutriéndose de la ideología racista alemana. Luego se fundó el PAN, y los últimos sinarquistas se mezclaron con los conservadores contrarrevolucionarios. Al terminar la Segunda Guerra Mundial, se formó la organización secreta del “Yunque”[2] (su logotipo está directamente inspirado en la suástica nazi), y en los sesenta, este grupo de católicos integristas (fundamentalistas) infiltró al PAN. Cuarenta años pasaron. En el 2000, ganó Fox las elecciones. Un exgerente de Coca Cola, un poco idiota y manipulado por la extremaderecha. Hasta el 2002, o 2003, nadie había oído hablar del Yunque, lógicamente porque era una organización “secreta.” Pero las investigaciones de A. Delgado (escribió dos libros sobre el tema) pusieron a la luz a esos adoradores de Hitler y Mussolini, y a sus primos los Legionarios de Cristo (y su dirigente, un depravado sexual metido hasta el cuello en escándalos de abuso infantil) Tiempo después ganó Calderón y, para desgracia del pueblo mexicano, no es la derecha la que ganó, es la extremaderecha. Veremos al país militarizarse. La guerra contra los pobres, los indígenas, los marginados (todos los que no participamos del circo del neoliberalismo) está declarada. Mucho cuidado. Mientras vamos al baño de sangre (para conmemorar un siglo de la Revolución y dos siglos de la Independencia), los revisionistas están de fiesta. La derecha sacó al PRI de Los Pinos, y 7 años más tarde, los yunquistas y otros descerebrados fascistoides se instalan en el poder. La izquierda está pulverizada. El país está en manos de la mafia. Y la clase política está podrida. El caos se avecina. Big Brother is comin’, con su Secretaría de la Desinformación y sus fuerzas armadas. Pero, el pueblo despertó, y la Raza de Bronce grita: “Zapata vive, la lucha sigue.”
En Estados Unidos, país de la libertad de expresión (siempre recordaré el momento en The Blues Brothers, cuando una manifestación de neonazis llega a un puente, y Belushi pisa el acelerador y los obliga a tirarse al agua, y yo, preguntando a mi padre, estábamos comiendo, si era cierto que en los USA, los nazis podían desfilar con todo y banderas y uniformes, y mi viejo contestó que sí, pues, eso era la democracia[3]), el revisionismo, sin ser nombrado así, tuvo su auge durante las últimas guerras indígenas. El departamento de la guerra planificaba la exterminación de los pueblos nativos, haciendo creer a los colonos que el problema era debido a algunos salvajes que negaban a Dios y a la propiedad privada. Tenían que desaparecer "por decreto de Dios." El genocidio se hizo. Mientras el Bureau of Indian Affairs (BIA) proclamaba su interés en "salvar a los indios de la barbarie," haciendo de ellos unos agricultores, sus agentes distribuían cobijas infectadas de virus en las reservaciones, y aceleraban la extinción de las naciones indígenas. Todo eso, envuelto de falso paternalismo y sucia caridad. Más de 300 tratados de paz fueron firmados entre las tribus y el gobierno. Todos fueron violados. La mentira se volvió eje central de la política U.S. Los indios eran "flojos, alcohólicos y buenos-para-nada," pero había que integrarlos, asimilarlos. El Citizen Act, en los treinta, fue concebido para quitarles su especificidad de "first nations" y obligarlos, recibiendo la ciudadanía, a volverse buenos americanos. Y borrar la soberanía de las tribus sobre sus territorios, que confirmaban los tratados de paz. En 1968 nació el American Indian Movement (AIM) y el gobierno U.S. declaró la guerra[4] a esos militantes. Muertos, desaparecidos, encarcelados por decenas. Nixon, queriendo ser el Fürher de Norteamérica, llevó la mentira y la desinformación a niveles nunca vistos antes. Pero cayó. Remember el watergate. Después vimos lo de Vietnam. Y la primera guerra de Iraq. Y la segunda. Y siempre las mentiras para justificar el horror. “Custer died for your sins”, escribió Vine Deloria, Jr., y ahora, Leonard Peltier, preso político, símbolo de la resistencia indígena, se muere en la cárcel, mientras los minutemen blindan la frontera y cazan a los mexicanos que buscan el “sueño americano”, como conejos en el llano. El Ku Klux Klan y los supremacistas (Aryan Brotherhood, etc…) llaman a la defensa del país. Bush y sus halcones superan a Goebbels. La historia está falsificada. La verdad está bajo toneladas de mentiras. Y el Pentágono prepara las próximas guerras preventivas. “In god we trust”, dicen en sus billetes. Yo no confío en su dios.
[2] Ver Alvaro Delgado, de Proceso.
[3] Tenía yo trece años aproximadamente, y percibí el coraje en su voz.
[4] CoIntelPro y guerra de baja intensidad, estilo Chiapas.