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Gonzo Ayahuasca
El revisionismo nació en Francia, en los 80, cuando un exmilitar, Jean Marie Le Pen, dirigente de un partido de extremaderecha (Front National) fue invitado en un programa de televisión, y ante miles de televidentes, dijo que el asunto de los campos de concentración era un punto de detalle, que no hubo tantos muertos, que no fue sistemática la matanza. Eso fue el punto de partida de una corriente intelectual, de pseudohistoriadores que “revisaban” la historia. De hecho, la cambiaban. Porque, la verdad, fueron millones de muertos (cinco a siete millones de judíos, más los gitanos, eslavos, anarquistas, comunistas, homosexuales y discapacitados), y además, de ahí el concepto de genocidio, fue planificado económicamente y técnicamente. Esa gente, a base de coloquios y conferencias y artículos de prensa, pudo difundir masivamente sus puntos de vista y la tendencia revisionista creció. Fue tan polémico el asunto que este extorturador (durante la guerra de independencia de Argelia) subió en las encuestas y su partido (neonazi y fascistoide) logró la “respetabilidad” que se necesitaba para competir en las elecciones presidenciales y distritales. Evidentemente, hubo voces contrarias, que lo desenmascararon y recordaron al pueblo francés el negro periodo de la invasión nazi, la colaboración de las élites con Hitler, y el hecho de que este tarado glorificaba algo tan terrible como los delirios del Führer. Los rusos habían perdido casi veinte millones de los suyos en esta guerra, y toda Europa llamaba a la reconciliación, al grito de “nunca jamás”. Los revisionistas retrocedieron tantito, pero preparando el regreso de la bestia.
En los 90, los partidos de extremaderecha europeos pudieron imponerse, debido a diversos factores, y la internacional fascista se preparó para el asalto al poder. En Austria, ganó un tal Haider que se decía el seguidor más ferviente del Führer. En Italia, Berlusconi se imponía. Se “desatanizó” a los partidos neonazis, y esos pudieron entrar en el gran circo de la democracia. Se olvidó el “nunca jamás” y Europa dio un giro peligrosísimo. Los revisionistas no fueron censurados y toda una generación empezó a dudar de la enseñanza de la historia. En los 2000, las fuerzas vivas de la extremaderecha se volvieron, oficialmente, parte del panorama político continental y la lucha antifascista tuvo que desmultiplicarse. Pero era demasiado tarde, la democracia había invitado al fascismo a regresar al banquete, y este se iba a quedar. La Unión Soviética había derrotado al Reich alemán, había liberado a los países del este que habían sido invadidos por los nazis, había impedido la nazificación de Europa, pero, cincuenta años después, un Le Pen podía hablar de los campos de la muerte como un punto de detalle. Las masas olvidaron que sin Stalin y el esfuerzo de los soviéticos, todos hablarían alemán en Europa (eso lo decía mi madre, con la seriedad de una campesina pobre que se había educado políticamente durante la Guerra Fría) y también se borró el hecho histórico de que la España franquista fue el principio de la Segunda Guerra Mundial, con Mussolini y Hitler ayudando a Franco. En lugar de eso, hablaban de la guerra civil española como si fuera un hecho aislado, deslindando al pequeño general de sus dos aliados. Revisión de la historia. Las grandes fortunas, hechas a la sombra de la ocupación nazi, en Francia, recobraron su honorabilidad y la Iglesia católica, el Vaticano en particular, intentó borrar las huellas de la red Ratlines[1] que había ayudado a varios dirigentes nazis a escapar a América Latina antes del Juicio de Nuremberg. Se olvidaba que los comunistas (en todos los países de Europa) habían sido los únicos en resistir y se pisaba la memoria de los caídos, transformando los hechos y manipulando a las masas. Mentir, minimizar, amalgamar y confundir, es lo que se hace para “revisar.” Y un pueblo que olvida se arriesga a ver repetirse su historia. De ahí la importancia de no dejar en mano de la derecha a la educación, porque a ellos les conviene la amnesia de los pueblos. La educación privada no permite controlar lo que se enseña y menos si se deja a los curas enseñar su versión de la historia. Cuestión de principios. Si es que tener principios es todavía algo positivo.
[1] Red de contraespionaje operada por la CIA y el Vaticano.