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Rigoberto Martínez Escárcega
El aprendizaje también es objeto de estudio de la sociología. Para los fines propuestos en esta investigación, sólo se describirán a grandes rasgos las principales implicaciones sociológicas de las tres teorías del aprendizaje anteriormente desarrolladas.
De manera general, se puede dividir a la sociología en dos grandes corrientes, las cuales tiene posiciones antagónicas con relación a como conciben a la sociedad y al papel que la educación juega en ella.
Se ha dado forma a una corriente sociológica denominada estructural–funcionalista, inspirada en los trabajos de Émile Durkheim y Max Weber, cuyos representantes contemporáneos son Robert K. Merton y Talcott Parsons. Esta corriente concibe los fenómenos sociales como estructuras que cumplen una función necesaria para el sistema en su conjunto. Para Parsons (1974:27) “la estructura de un sistema es el conjunto de propiedades de sus partes componentes y de sus relaciones y combinaciones que, para un conjunto particular de propósitos analíticos, pueden tratarse lógicamente y empíricamente como constantes dentro de límites definidos.”
El punto de partida del estructural–funcionalismo, es el análisis de la sociedad global y los requerimientos esenciales para su existencia, supervivencia, renovación e integración.
Conciben a la sociedad como un todo estructural, armónico y equilibrado, en donde los diferentes roles son ocupados según las capacidades de cada individuo. Parsons (1974:119) afirma: “Atribuimos la supremacía en el alcance de las metas, a la personalidad de los individuos.”
El Estado, para esta corriente sociológica, es la instancia que representa el interés general de los individuos que componen un sistema social. El Estado es el encargado de mantener el equilibrio y la armonía de la sociedad.
Los teóricos de esta corriente, basándose en el presupuesto de que la sociedad está estratificada, ven a la educación como el medio principal para la movilidad social. El acceso a la educación es un medio básico para el ascenso social y económico. Por lo que le concede a la educación un papel fundamental para el mejoramiento de la sociedad en general. La educación es definida por Durkheim (2001:49) como “La acción ejercida por las generaciones adultas sobre aquellas que no han alcanzado todavía el grado de madurez necesario para la vida social. Tiene por objeto el suscitar y desarrollar en el niño un cierto número de estados físicos, intelectuales y morales que exigen de él tanto la sociedad política en su conjunto como el medio ambiente específico al que está especialmente destinado.”
La educación es un medio de culturalización, un medio por el cual las generaciones adultas capacitan a las generaciones jóvenes. Pero, también es un medio de potenciación, en donde se desarrollan todas las habilidades del individuo que le van a permitir desempeñar el rol que le sea asignado por la sociedad.
En consecuencia, visto el aprendizaje ya sea como un cambio de conducta provocado por el medio, como lo definen las teorías ambientalistas, o como una restructuración cognitiva del individuo, como lo sostienen las teorías cognoscitivistas, se enmarca dentro de la corriente estructural–funcionalista. Ya que, por un lado se ve al individuo totalmente pasivo, sujeto a las arbitrariedades que le impone el medio social; y, por otro lado, se centra el interés en el individuo y su singularidad, al margen de un medio social que lo condiciona, pero susceptible de transformarse.
Por lo que, tanto las teorías ambientalistas como las cognoscitivistas contribuyen a que el aprendizaje sea un medio para que el individuo se adapte pasivamente a la sociedad existente, unas por sobreponderar la influencia del ambiente social y otras por desdeñarlo.
En contraparte al estructural–funcionalismo, se ha formado una corriente sociológica crítica, inspirada en el marxismo, la cual considera a la lucha de clases como el fenómeno fundamental en que se basa toda formación social. Para Carlos Marx y Federico Engels (1985:110):
La historia de todas las sociedades hasta nuestros días es la lucha de clases. Hombres libres y esclavos, patricios y plebeyos, señores y siervos, maestros y oficiales, en una palabra: opresores y oprimidos se enfrentaron siempre, mantuvieron una lucha constante, velada unas veces, y otras franca y abierta; lucha que terminó siempre con la transformación revolucionaria de toda la sociedad o el hundimiento de las clases en pugna.
Los fundadores de esta corriente son Marx, Engels y Lenin, principalmente, pero, la lista de los continuadores del marxismo es tan amplia que sería imposible siquiera realizar un resumen sucinto de la postura y contribuciones de todos ellos. Así que sólo se expondrán las principales aportaciones en el ámbito educativo.
A pesar de las diferencias que existen entre los representantes de la sociología marxista, todos coinciden en poner a la lucha de clases como el fenómeno fundamental de todo hecho social. Entonces, si la sociedad se basa en la lucha de clases, el Estado es concebido explícitamente como un aparato represivo y persuasivo a la vez, que utilizan las clases dominantes para imponer su ideología. Según Althusser (1970:20), “el Estado es una máquina de represión que permite a las clases dominantes asegurar su dominación sobre la clase obrera para someterla al proceso de extorsión de la plusvalía; es decir, a la explotación capitalista.”
El Estado representa los intereses de las clases dominantes y es un medio para legitimar su ideología.
La educación institucionalizada es, para esta corriente, un aparato ideológico del Estado, que legitima los intereses de las clases dominantes. Por tanto, la escuela, en vez de ser un medio de promoción social, como lo sostienen los estructural–funcionalistas, es un medio para reproducir las relaciones de producción del capitalismo. Como lo señalan Baudelot y Establet (1976:196), “La enseñanza primaria es el lugar principal en el que se efectúa la división de la sociedad en clases. Por una parte, la enseñanza asegura una distribución material, una repartición de individuos en los dos polos de la sociedad: explotados y explotadores. Y, por otra parte, asegura una función política e ideológica de inculcación de la ideología burguesa.”
La educación escolar tiene una doble función: reproduce la división de las clases sociales y legitima la ideología de las clases dominantes.
El acierto principal de la sociología marxista es que ve a la educación y a la escuela como un espacio político en donde las relaciones de poder ocupan un lugar importante. Para Bordieu y Passerón (1981:45), “toda acción pedagógica es objetivamente una violencia simbólica en tanto que imposición, por un poder arbitrario, de una arbitrariedad cultural”.
Sin embargo, es importante señalar que más allá de las tesis reproduccionistas, los representantes contemporáneos de la sociología marxista, sostienen que si bien la escuela es un medio del que se valen las clases dominantes para imponer una cultura de dominación, la inculcación ideológica no se efectúa sin contradicciones y luchas de los estudiantes por resistirse a dicha imposición.
Los teóricos de la resistencia se oponen a ver las escuelas sólo como legitimadoras de una cultura de opresión y pugnan por percibir los espacios escolares como medios de lucha, de conflicto, de enfrentamiento entre una ideología dominante, que trata de imponerse, y unas prácticas de resistencia a esa imposición, que luchan por construir un mundo radicalmente diferente donde no impere la explotación. Las escuelas son espacios dialécticos de imposición y resistencia. Para Peter McLaren (1998:204), la escuela debe verse:
…no simplemente como un lugar de adoctrinamiento o socialización o como un sitio de instrucción, sino también como un terreno cultural que promueva la afirmación del estudiante y su autotransformación. La escuela funciona simultáneamente como medio para dar poder a los estudiantes en torno a justicia social y como un medio para sostener, legitimar y reproducir los intereses de la clase dominante dirigidas a crear trabajadores obedientes, dóciles y mal pagados.
La comprensión dialéctica de la educación desde la perspectiva marxista permite ver a las escuelas como espacios tanto de dominación como de liberación.
Para Henry Giroux, uno de los principales representantes de la teoría de la resistencia, el valor fundamental de la educación es que es un medio para “estimular la lucha política colectiva alrededor de los problemas de poder y determinación social”. (1992:148)
Desde la sociología marxista, la educación sólo tiene sentido en tanto promueve colectivamente acciones encaminadas a la transformación radical de la realidad, con el propósito de construir un mundo menos injusto y más humano.
Es más que evidente que la concepción de aprendizaje como producto de la interacción del sujeto colectivo con el objeto de conocimiento a través de la acción transformadora, postura que se desprende de las teorías interaccionistas del aprendizaje, se enmarca en una sociología marxista, en donde la transformación, tanto del sujeto como del mundo social que lo rodea, es el elemento principal.